De Chambery a Quito

La Asociación de Poblaciones de Montaña del Mundo se creó en abril de 2001, al término del Primer Foro Mundial de la Montaña, organizado en junio de 2000 por la ANEM (Asociación Nacional de Poblaciones de Montaña) y la ciudad de Chambéry. Los participantes, procedentes de 70 países, expresaron en Chambéry el deseo de disponer de un marco permanente de encuentro e intercambio y de una herramienta para expresar sus preocupaciones y propuestas a nivel mundial, frente al creciente poder de las organizaciones internacionales en materia de gestión medioambiental, pero también de ayuda al desarrollo, regulación del comercio internacional, definición del desarrollo sostenible, etc. El Foro se celebró en Chambéry en abril de 2001. La Asociación deberá federar de forma privilegiada a los representantes de las comunidades y autoridades de montaña, asociando estrechamente a las ONG y a los investigadores que trabajan con las poblaciones de montaña en programas de desarrollo, y apoyándose en las asociaciones europeas existentes.

«Un destino que hay que tomar en mano… Un proyecto que hay que construir juntos».

Las condiciones físicas, económicas, sociales y culturales de las montañas del mundo son diferentes. Pero todas las poblaciones de montaña se enfrentan a las mismas dificultades relacionadas con la pendiente, la altitud, el aislamiento y el riesgo. Han sabido aprovecharse de ello explotando todas las particularidades de su territorio mediante la inteligencia de los conocimientos adquiridos en contacto con esta naturaleza exigente e incontrolable. Sus culturas, por muy diversas que sean, tienen en común esta especial relación con el territorio que da lugar a respuestas de la misma naturaleza basadas en la complementariedad de los espacios, la solidaridad humana y el intercambio entre grupos. El profundo apego de las poblaciones de montaña a su territorio, fuente de fuerte identidad y cohesión, las lleva a preocuparse por las tendencias actuales, que incluyen un éxodo continuo, disparidades crecientes, falta de control sobre los recursos, degradación del entorno natural, reducción de la diversidad socioeconómica y pérdida de especificidad e identidad. Por ello, las poblaciones aspiran a controlar mejor esta evolución para frenarla. Desean asumir nuevas responsabilidades, disponer de nuevos medios, ser reconocidos en su especificidad. Quieren emprender el camino de un desarrollo equitativo y sostenible de su territorio, que combine la excelencia del entorno natural, un estatus social y político comparable al de otras poblaciones y el mantenimiento de las culturas e identidades locales. Se reúnen en Quito para debatir los medios de alcanzar estos objetivos, a partir de una reflexión sobre las respuestas que cada continente da a las preguntas esenciales que hoy se plantean a las montañas. El enfoque conduce a una reflexión prospectiva sobre el futuro de las montañas y las cordilleras y a decisiones concretas de actuación, a partir de debates basados sobre todo en la escucha de las poblaciones y en la experiencia acumulada en las diferentes zonas de montaña del planeta, no sin cuestionar la contribución de este enfoque a un mejor control de un movimiento general de globalización que tiende a someter a las poblaciones a fuerzas sobre las que tienen poco o ningún control.

Los objetivos de Quito

Casi quinientos representantes de África (Camerún, Burundi, Kenia, Madagascar, Marruecos, Níger, Uganda, Tanzania), América Latina (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela), Asia (Kazajstán, Kirguistán, India, Indonesia, Nepal, Tayikistán), Tailandia, Uzbekistán) y Europa (Albania, Bulgaria, Francia, Georgia, Italia, Rumania, Suiza, Reino Unido), se reunieron en Quito del 17 al 22 de septiembre de 2002 por invitación de la Asociación Mundial de Poblaciones de Montaña para responder a una pregunta central: ¿Pueden las poblaciones de montaña del mundo llegar a una visión común de las montañas que les permita construir un proyecto común de desarrollo equitativo y sostenible y actuar conjuntamente para conseguirlo?

Los fundamentos de una acción común.
Al final de los debates, que duraron una semana, los representantes de los territorios de montaña constataron que dos culturas de montaña se expresaban en estos debates. Por un lado, aquel para el que las montañas son conceptualmente diferentes del resto del territorio que es objeto de análisis, medidas y políticas y que está muy preocupado por el desarrollo efectivo de estos territorios por sí mismos o para ofrecer a los habitantes de las ciudades un marco de ocio y relajación; este concepto está muy extendido en Europa. Por otro lado, existe la opinión de que, más que ser objeto de análisis, las zonas de montaña representan un espacio portador de valores, cultura y espiritualidad que no debe ser destruido tomando vías de desarrollo que conduzcan a una renuncia de su pasado; esta opinión está más extendida en el Sur. De los intercambios que tuvieron lugar en Quito se desprende que estas dos culturas pueden enriquecerse mutuamente y que las estrechas relaciones que deben establecerse entre ellas deben permitir acercar estas dos visiones sin sacrificar sus propios valores.
Sin embargo, el sentimiento de pertenencia a un mundo común y de enfrentarse a retos de la misma naturaleza se expresó con fuerza y condujo a la adopción de líneas de acción comunes.

Los objetivos de la acción conjunta.
Los participantes consideraron que es prioritario centrar los esfuerzos en cinco direcciones para avanzar hacia un desarrollo más sostenible y más justo de las zonas de montaña, mejor controlado por las poblaciones de montaña, susceptible de iniciar dinámicas de progreso y de evitar graves desequilibrios en la evolución de las zonas de montaña, una ruptura brusca con el pasado y una pérdida de control sobre la gestión del territorio en beneficio de intereses externos cuyos objetivos serían puramente lucrativos y no un desarrollo territorial y humano armonioso.

Por ello, los participantes en la Reunión de Quito acordaron establecer los siguientes cinco objetivos comunes:

 

  1. Adquirir mayor poder y control en la gestión y uso de los recursos y el espacio de la montaña al mismo tiempo que se desarrolla una mayor conciencia entre la población de su responsabilidad como gestores de los recursos en el interés público. Las poblaciones deben poder ejercer plenamente sus derechos en sus territorios, pero también deben tomar conciencia de sus responsabilidades y deberes para con la comunidad.
  2. Ampliar las bases de la economía de la montaña -manteniendo un papel clave para las actividades agrícolas y forestales, que son las verdaderas gestoras de las zonas de montaña- desarrollando actividades y valorizando las zonas de forma complementaria e integrada y buscando productos y métodos de producción que eviten una presión excesiva sobre los recursos naturales y que puedan evitar una confrontación destructiva con zonas o sectores mucho más competitivos en términos de productividad.
  3. Obtener un nivel de servicio y equipamiento comparable al de otros territorios afirmando el principio de igualdad territorial, lo que significa que las oportunidades de desarrollo deben ser las mismas para todos los territorios y que las condiciones de vida deben ser lo más parecidas posible en aras de la cohesión nacional y de la valorización de toda la riqueza de la nación, lo que lógicamente debe conducir a la aplicación de políticas igualadoras y redistributivas territoriales susceptibles de compensar las condiciones desfavorables de partida. Con esta condición se puede asegurar el desarrollo armónico del territorio nacional, que debe ser un objetivo que todas las naciones deben fijarse mediante políticas proactivas de ordenación del territorio que corrijan los desequilibrios, y que se pueda asegurar la igualdad de los ciudadanos.
  4. Mantener vivas las tradiciones y culturas que constituyen el cemento de la cohesión de los grupos y poblaciones para evitar que la evolución no sea destructiva de las riquezas, culturas y valores locales, y de las sociedades locales, sino que, por el contrario, integre nuevas riquezas, culturas y valores. El objetivo es permitir una evolución que no sea destructiva para el ser humano individual ni para la sociedad. Las comunidades y los municipios de montaña deben ser capaces de garantizar permanentemente esta síntesis entre tradición y modernidad para asegurar la continuidad de la historia de la comunidad y preparar al mismo tiempo el futuro.
  5. Reforzar la autonomía y la capacidad de acción de las comunidades o autoridades locales para construir y liderar un proyecto de desarrollo común en un contexto difícil, la montaña, donde las obligaciones y las tareas son más pesadas debido al contexto geográfico y social y a la necesidad de llevar a cabo al mismo tiempo la gestión de un territorio cuyo desarrollo y equipamiento son mucho más difíciles de asegurar y, simultáneamente, una buena integración y participación de las poblaciones y comunidades de base en la vida y la gestión de la comunidad.
    Estos objetivos fueron considerados prioritarios por los representantes de los territorios de montaña. Sin embargo, corresponde a cada país y territorio adaptarlos a su propia situación. Sin embargo, esta muestra de un «proyecto» coherente para las montañas se consideró un primer paso esencial que podría permitir a las poblaciones de montaña unirse para poner en común sus esfuerzos.

Los medios que hay que movilizar

¿Cómo alcanzar estos objetivos en un contexto en el que faltan medios para el desarrollo, en el que la capacidad de negociación política de los territorios de montaña es débil en relación con las necesidades expresadas por las zonas urbanas y su peso demográfico y político, en el que los Estados tienen objetivamente una capacidad redistributiva reducida, en el que la cultura dominante se muestra invasiva en relación con las culturas locales, en el que existe un riesgo de marginación o incluso de rechazo para estos territorios?

Se dieron tres categorías de respuesta.

 

  1. Corresponde a los montañeses confiar primero en sí mismos, como han hecho generaciones en el pasado en condiciones aún más difíciles, y movilizar sus propias energías antes de confiar en la ayuda exterior. Como en el pasado, deben poner en práctica formas de solidaridad activa y buscar -en contra de las tendencias actuales- soluciones colectivas a sus problemas. La cooperación debe ser la norma de actuación en todos los ámbitos. La conciencia de la comunidad de situación e interés que les une y la necesidad de afrontar juntos los retos debería ayudarles en este proceso y animarles a comprometerse con él.
  2. Hay que ejercer la solidaridad de la nación en favor de estos territorios. Se justifica por la situación objetiva de estos territorios y por los servicios que prestan a la sociedad. Las poblaciones de montaña deben hacer comprender a los gobiernos la importancia de los retos que las montañas representan para el futuro en términos de recursos naturales, medioambientales, culturales y humanos. Deben provocar un debate nacional sobre el futuro de estos territorios y su papel y lugar en la nación. El éxito de su enfoque dependerá en gran medida de su capacidad para presentar una visión clara del futuro de sus territorios y de las vías de desarrollo que se proponen.
  3. La solidaridad internacional también debe ejercerse activamente. En primer lugar, significa tener en cuenta las montañas y su especificidad en los grandes programas internacionales o regionales de desarrollo y reducción de la pobreza. Esta es una condición para su aplicación efectiva en estas regiones. Estos programas son financiados por los ciudadanos del mundo a través de las contribuciones de sus países. Es natural que su interés por los territorios de montaña sea tenido en cuenta por quienes gestionan estos fondos. Esta solidaridad debe ejercerse también a través de programas de cooperación. Estos programas siguen centrándose de forma abrumadora en las cuestiones urbanas. Se invita a los países de montaña o a las organizaciones regionales que los agrupan -como Europa- a realizar un esfuerzo más acentuado en favor de las zonas de montaña de otros continentes, del mismo modo que se esfuerzan por sus zonas de montaña a nivel nacional o regional.

Una organización para crear

Para movilizar más recursos, hacer oír su voz, cooperar y poner en marcha sus proyectos, las poblaciones de montaña deben contar con una organización que las aglutine, como sintieron los representantes de los territorios de montaña presentes en Quito. Esta organización debería crearse -o reforzarse donde ya existe- a nivel de cada país y región continental o subcontinental. Debería coordinarse a escala mundial.

Esta organización tendrá que realizar dos funciones esenciales.

 

  1. La primera función será la de representación, expresión de las poblaciones de montaña y propuesta. Los representantes de los territorios presentes en Quito eran conscientes de que debían reunirse, dialogar, definir líneas de acción comunes y en total constituir una fuerza social para hacer valer sus justas reivindicaciones, ser reconocidos como interlocutores, lo que implica que deben ser capaces de movilizar a las poblaciones de la montaña en torno a su proyecto.
  2. La segunda función será movilizar los recursos y competencias de los territorios de montaña de todo el mundo para ponerlos al servicio de todos. A través de sus comunidades, instituciones de montaña, establecimientos de investigación, expertos, etc., existe un potencial considerable. Esta función de cooperación e intercambio dependerá principalmente de las autoridades locales y regionales. Se creará una red de autoridades locales que permitirá, de forma proactiva, establecer contactos y elaborar un programa de cooperación. Esta cooperación deberá basarse en la reciprocidad, ya que reunirá a socios que se enfrentan a los mismos problemas debido a su ubicación en las montañas. En primer lugar, se basará en el intercambio de experiencias y conocimientos, pero debe conducir a la movilización de recursos humanos o financieros.

Los representantes de los territorios de montaña presentes en Quito decidieron situar su acción en el marco de la APMM, sin hacer de esta organización un instrumento exclusivo y asignándole, más allá de la afiliación directa, un papel federador debido a la extrema diversidad de situaciones y modos de organización que ya existen al servicio de las montañas. La flexibilidad de los estatutos que ha adoptado la APMM, la diversidad de posibilidades de adhesión que ofrece -junto a las comunidades o autoridades de montaña que son sus miembros principales- a las ONG y a los expertos, así como la posibilidad de que las administraciones o instituciones públicas se conviertan en miembros asociados, le permiten desempeñar este papel.

Alianzas y asociaciones que deben forjarse

Los representantes de los Territorios presentes en Quito expresaron la opinión de que las alianzas y asociaciones son muy necesarias para aumentar las posibilidades de avanzar en la causa de las montañas. En este sentido, invitaron a la APMM a responder positivamente a las propuestas formuladas en la cumbre de Johannesburgo para una asociación mundial sobre las montañas. Querían que todas las asociaciones o alianzas fueran coherentes con los objetivos definidos en Quito.

 

  • un reparto equitativo de los recursos propios de las montañas, pero que han perdido en gran medida su control por muchas razones
  • la igualdad de las comunidades y los territorios en la distribución de los recursos públicos, ya sean financieros o humanos, mientras que las regiones de montaña están marcadas por fuertes desigualdades, especialmente en cuanto al acceso a los servicios colectivos o a los bienes sociales
  • una gestión descentralizada -y democrática- de las zonas y territorios de montaña, mientras que se tiende a centralizar dicha gestión y a tomar decisiones sin consultarlas mediante verdaderos fenómenos de expropiación
  • el respeto de las culturas, las tradiciones y las identidades de las poblaciones de montaña y el reconocimiento de sus conocimientos y valores cuando éstos son sistemáticamente devaluados o son objeto de intentos de asimilación forzada
  • la autonomía de las comunidades o de las autoridades locales, ya que sólo ellas pueden resolver los problemas de integración, cohesión y desarrollo de los territorios, lo que supone una transferencia de competencias y recursos.

Miembros del comité organizador de la reunión de Quito (Ecuador), septiembre de 2002

 

  • Ministerios de Medio Ambiente, Turismo, Agricultura, Relaciones Exteriores y Bienestar Social
  • Ciudad de Quito
  • CONCOPE (Consortium des Conseils provinciaux de l’Équateur)
  • AME (Association des municipalités de l’Équateur)
  • CODENPE (Conseil pour le développement des nationalités et des peuples de l’Équateur)
  • Conseil provincial de Pichincha
  • CONESUP (Conseil national de l’enseignement supérieur)
  • ODEPLAN Bureau de la planification de la présidence de la République)
  • CONAIE (Confédération des nationalités indigènes de l’Équateur)
  • CEDIME (Centre de recherche des mouvements sociaux de l’Équateur)
  • CAMAREN (Consortium pour la formation en gestion des ressources naturelles)
  • ECLOF (Comité du Fonds œcuménique de prêt de l’Équateur)
  • Fédération des quartiers populaires du Nord-Ouest
  • Ecuarunari (Équateur Runacunapac Riccharimui)
  • Groupe de programme Paramo
  • FEPP (Fonds équatorien Populorum Progressio)